Turquía, entra la guerra del Cáucaso y el permanente desafío a Europa

TURQUÍA, ENTRE LA GUERRA DEL CÁUCASO Y EL PERMANENTE DESAFÍO A EUROPA

Por Ricardo Angoso

 

Desde la llegada al poder de Recep Tayyip Erdogan, allá por el año 2003, Turquía estrenó una nueva política exterior con una visión imperial con resabios del viejo poderío otomano, interviniendo de una forma activa en numerosos escenarios, tales como el Cáucaso,  Siria, Libia, el Mediterráneo Oriental e incluso Palestina

 

El reciente ataque de Azerbaiyán a Armenia, en septiembre de este año, ha puesto de relieve la creciente influencia política y militar de Turquía en la región. Los azeríes, apoyados y armados por Ankara en su aventura militarista, atacaron a Nagorno Karabaj por sorpresa y bombardearon posiciones civiles armenias, violando el alto el fuego acordado tras una tregua, en 1994, entre Armenia y Azerbaiyán.

 

Turquía apoya las pretensiones de Azerbaiyán de anexionarse por la fuerza y militarmente a Nagorno Karabaj, mientras que Armenia busca una solución pacífica y política que reconozca los derechos políticos de los armenios que viven en ese enclave, una posición que hasta ahora contaba con el apoyo de Rusia, único país que podría inspirar una solución a este conflicto por su influencia sobre las partes y que, paradójicamente, vende armas a los dos países. En los últimos años, las relaciones entre Rusia y Turquía han mejorado mucho, pero ambos países intervienen apoyando a bandos distintos en las guerras civiles de Libia y Siria.

 

Azerbaiyán, más concretamente su cuestionado presidente Ilham Aliyev, se ha armado a conciencia para esta guerra y ha comprado en los últimos años helicópteros T129 turcos, aviones F-16, 36 sistemas Smerch rusos, varias baterías Polonez bielorrusas, 21 T-300 Kasirga turcos y misiles balísticos israelíes LORA, un ingente material listo para una contienda quizá de larga duración y destinada a recuperar unos territorios que siempre ha considerado suyos, aunque le fueran entregados injustamente y sin ningún criterio étnico en los años veinte del siglo pasado durante la dominación soviética.

 

En lo que respecta a esta guerra, Turquía, más concretamente el “sultán” Erdogan, pretende solucionar el contencioso por la vía militar, ahogando cualquier salida política y diplomática, y jugando en la escena como una gran potencia que puede neutralizar, a su vez, a Rusia y a Irán. Quizá Erdogan piensa que Rusia tiene las manos atadas ahora frente a Turquía y tiene poco margen de maniobra en el Cáucaso, toda vez que tras la inauguración del gasoducto TurkStream, que proveerá de gas a una buena parte de los Balcanes y Europa del Este, Turquía se convierte en parte clave del sistema energético del continente con un corredor logístico que fortalece el rol de los turcos en este mercado y del que tiene la llave de paso. Aunque la apuesta puede ser fallida, ya que tanto los Estados Unidos como Rusia están muy cansados de Erdogan y su permanente intromisión en casi todos los conflictos regionales, amén de que ya no goza del beneplácito y el apoyo de una Europa cada vez más alejada de la agresiva (y casi hostil) política exterior de Ankara.

 

Tampoco las relaciones entre Turquía e Israel atraviesan su mejor momento, a pesar de que el Estado hebreo vive una suerte de «luna de miel» con respecto al mundo árabe, al haberse anunciado la apertura de relaciones diplomáticas con los Emiratos Arabes Unidos y Bahreín y hay indicios de que próximamente el siguiente en la lista podría ser Arabia Saudí. Turquía, sin embargo, apoya un Estado palestino y se ha mostrado en los últimos tiempos como uno de los mayores críticos de Israel en la región, condenando sus pretensiones de anexionarse territorios de Cisjordania y descalificando el plan de paz auspiciado por los Estados Unidos para Oriente Medio, al que consideró “una amenaza para la paz y la estabilidad regional”, en palabras del propio Erdogan.

 

INESTABILIDAD Y TENSIÓN EN EL MEDITERRÁNEO ORIENTAL

Además, Turquía, bajo la batuta de Erdogan, se ha enfrascado en una la vieja disputa por los límites marítimos con Grecia y ha violado en repetidas ocasiones el espacio aéreo de este país, exhibiendo su poderío y espíritu guerrerista frente a sus vecinos aunque el contencioso era supuestamente marítimo frente a los helenos. En lo que respecta a Chipre, cuyo 37% de su territorio está ocupado por tropas turcas desde 1974, Turquía sigue obstaculizando una salida política a este contencioso e impide la reunificación de la isla, posibilitando la existencia del único muro que separa a dos pueblos en el mundo. Tanto grecochipriotas como turcochipriotas han expresado, a través de sus representantes legítimos, sus anhelos de una pronta reunificación en el marco de una solución justa y democrática para ambos pueblos, algo a lo que Ankara se opone tajantemente para seguir teniendo en sus manos un rehén de cara a una futura (¿?) negociación con la Unión Europea.

 

Además, el reciente descubrimiento de unas inmensas reservas gasísticas entre Israel, Egipto y Chipre, pero que Turquía, a merced de una interpretación muy particular del derecho internacional y de sus aguas territoriales, también considera como suyas, ha provocado suspicacias y tensiones. El asunto radica en que la existencia de la «República Turca del Chipre Norte» -una entidad política solamente reconocida solamente por Ankara- le daría a Turquía acceso a la Zona Exclusiva Económica de Chipre y el supuesto derecho a explotar esas reservas de gas, algo a lo que, como es lógico, se oponen Grecia y Chipre por considerar a la zona ocupada bajo su soberanía territorial.

 

El contencioso, que ha encendido las alarmas entre todos los vecinos de Turquía al observar cada vez con mayor preocupación la expansiva acción exterior turca, se le viene a unir al conflicto del pasado verano entre Atenas y Ankara en pleno Mediterráneo. El origen del mismo data de casi 100 años atrás, cuando después de la Primera Guerra Mundial el territorio de Turquía quedó demarcado en el Tratado de Lausana, en 1923. El Estado turco que sucedió al Imperio Otomano perdió todas las islas del Mar Egeo, que pasaron a pertenecer a Grecia. Desde entonces, Atenas y Ankara se disputan la Zona Económica Exclusiva entre las islas griegas y la costa turca, teniendo constantes pleitos sobre las millas territoriales que le pertenecen a cada de uno de ellos.

 

El pasado verano, a finales de agosto, buques militares de ambos países hicieron una exhibición de su fuerza, realizando una serie de ejercicios navales a escasa distancia unos de otros. Mientras Francia apoyaba las demandas de Grecia y Chipre en el Mediterráneo Oriental, incluso enviando fuerzas navales, Alemania, país que ostenta en estos momentos la presidencia de la UE, medió para buscar una salida diplomática y para evitar una escalada militar entre dos países que, dicho sea de paso, pertenecen a la OTAN casi desde su fundación. Turquía sigue pretendiendo realizar prospecciones gasísticas en estas zonas que realmente no son suyas y en un futuro explotarlas, algo que acabará chocando con los intereses nacionales de otros países y que, en el futuro, seguramente generará conflictos como los vividos el pasado verano.

 

REPRESIÓN EN EL INTERIOR E ISLAMIZACIÓN CRECIENTE

Amén de esta vasta campaña en el exterior por expandir la influencia de Turquía en la región, desde la llegada de Erdogan al poder se ha intensificado la represión de la minoría kurda en el país -cuyo peso porcentual podría oscilar entre el 25 y el 30% del censo turco- y de sus organizaciones políticas, como el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), cuyos líderes, diputados, alcaldes y principales militantes son hostigados, detenidos y torturados por las autoridades turcas. Recientemente, en una redada masiva, fueron detenidos 82 dirigentes significativos de esta organización política y pasaron a engrosar la lista de los centenares de kurdos encarcelados en las mazmorras turcas por el simple hecho de pertenecer a esta minoría étnica, aunque Ankara siempre asegura que los arrestados son sospechosos de pertenecer o simpatizar con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una organización levantada en armas contra el Estado turco y que aboga por la defensa de los derechos de los kurdos.

 

La persecución a los kurdos, además, se ha extendido a las áreas ocupadas por Turquía en Siria, en la franja de Rojava, donde las autoridades turcas han practicado una descarada limpieza étnica, expulsando de sus casas a miles de kurdos, asesinando a civiles indefensos e impidiendo el regreso de los refugiados que quieren regresar a la zona. La represión de Erdogan contra cualquier vestigio de oposición o diferencia es implacable.

 

Ya en julio de 2016, tras una supuesta asonada militar orquestada por el clérigo islámico Fethullah Gülen -exiliado en Pensilvania, Estados Unidos-, miles de personas, entre los que destacaban militares, profesores, policías, periodistas y estudiantes, fueron detenidos en una operación de «limpieza» orquestada por orden directa de Erdogan. El ejército turco, garante hasta entonces del carácter laico, republicano y democrático del Estado desde los tiempos de su fundación por Mustafá Kemal Atatürk, en 1923, ha sido purgado por el actual presidente turco y decenas de generales fueron removidos de sus puestos. E incluso algunos de los más prominentes jefes militares fueron detenidos por estar supuestamente conectados con los golpistas, una acusación poco sostenible y que tiene más que ver con los deseos por controlar todos los estamentos por parte del actual gobierno que con un verdadero peligro. Aparte de las detenciones, miles de personas perdieron sus trabajos y fueron despedidos de la administración bajo la sospecha de tener alguna conexión o relación con Gülen, antaño antiguo aliado político de Erdogan y ahora perseguido sin piedad por el «sultán» turco.

 

En apenas unos años, el carácter laicista que impregnó Atatürk a la República de Turquía que emergió tras el naufragio del Imperio Otomano ha sido definitivamente liquidado y, en su lugar, se ha dado paso a una descarada y nada soterrada islamización del país, cuya principal demostración ante el mundo fue la conversión de la catedral bizantina de Santa Sofía al culto islámico, a pesar de la fuerte oposición internacional y de la dura reacción de Grecia ante el hecho. Este gesto, cargado de un gran simbolismo en un país que persigue a las minorías étnicas y religiosas, es un nuevo desafío de Erdogan a la comunidad internacional y un mensaje a sus adversarios de que no cejará en sus planes para consolidar a Turquía como una potencia regional ya claramente islamizada y sin su antigua máscara laica, es decir, ya no hay marcha atrás en este proceso de reversión de un Islam democrático y tolerante hacia otro claramente regresivo.