Trump go home

GOOD BYE, TRUMP, GOOD BYE

por Ricardo Angoso

Al fin se marchará a casa y nos dejará tranquilos a todos, ese parece ser el pensamiento de millones de personas, incluidos la mayoría de los líderes del mundo, el día después de la contundente y rotunda derrota de Donald Trump en las elecciones celebradas el pasado tres de noviembre en los Estados Unidos. A pesar de que el actual inquilino de la Casa Blanca se niega a aceptar la derrota y asegura, en un tono a medio camino entre burlesco y rencoroso, como el mal perdedor que es, que hubo fraude, nada induce a pensar que fue así y su conducta solamente es explicable por su carácter petulante, arrogante y soberbio.

Trump, seguramente, pasará a engrosar próximamente la lista de los peores presidentes norteamericanos, casi superando a Richard Nixon, que tuvo que renunciar debido a un impeachment -proceso de destitución por parte del legislativo-, y a Jimmy Carter, más conocido como el cacahuetero de Georgia, que tampoco salió reelegido debido a su negligente gestión de los asuntos externos e internos de la nación más poderosa del mundo.

Cuatro años de Trump han sido suficientes para comprobar que el populismo, más allá de sus mensajes mesiánicos y salvadores, no funciona y que, en el día a día, solamente provoca el caos, el desgobierno y el fracaso como forma de hacer política. Su arrogancia a la hora de afrontar el riesgo que significaba la propagación del covid-19 por los Estados Unidos y su estupidez supina a la hora de tomar las medidas pertinentes, incluso las personales, le llevaron a contagiarse de la enfermedad junto con su esposa y abocaron a una tragedia sin igual a toda la nación norteamericana, contabilizándose en ese país casi 250.000 víctimas mortales, una cifra superior al número de ciudadanos muertos en las guerras de Vietnam, Corea, Irak y Afganistán. También hay más de diez millones de contagiados, más del veinte por ciento de los casos de todo el mundo, cuando la población norteamericana apenas es el 4% de la de todo el planeta, lo que revela la magnitud y la gravedad del azote de la pandemia en este país. Trump solamente brilló durante una meses de cierta exuberancia económica y crecimiento continuado, pero todo fue un espejismo que se lo llevó la pandemia y ahora apenas queda nada.

RECUPERAR LOS VÍNCULOS ENTRE EUROPA Y LOS ESTADOS UNIDOS

Aparte de los daños causados en su país, donde avivó los viejos fantasmas del racismo y el supremacismo blanco, Trump ha destruido la unidad de Occidente, ese viejo e inalterable vínculo que unía los destinos de los europeos y los norteamericanos, junto con otras naciones latinoamericanas, en defensa de la democracia y las libertades fundamentales en todo el planeta. Ese vínculo, cuando Trump menospreció a la OTAN -cada vez menos visible en la escena internacional- y despreció a los líderes europeos, a los que les hizo numerosos desplantes injustificables, ha quedado seriamente dañado. Trump destruyó la alianza transatlántica y la necesaria cooperación en la escena internacional entre Europa y Estados Unidos. Ese será, precisamente, el primer gran trabajo que se encontrará encima de la mesa el futuro presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, una tarea titánica que requerirá grandes dosis de trabajo político y tacto diplomático, algo de lo que adolecía, precisamente, el actual presidente norteamericano.

Ojalá Trump se vaya para siempre y no ose volver a la vida pública, algo que nunca debería haber hecho y cuya presencia en la misma dejará, casi con toda seguridad, un sabor amargo en millones de personas, entre ellos los casi 75 millones de personas que votaron por Biden. Ahora todavía nos espera el sainete de tener que aguantar sus mamarrachadas e investigaciones, sus puestas en escena cirquescas y sus patochadas dialécticas, pero en fin todo está dentro del guión esperado para uno de los personajes más nefastos y aciagos de la historia reciente de los Estados Unidos. En vez de aceptar la derrota de una forma civilizada y democrática, como hacen los demócratas en todo el mundo, Trump tenía que estar a la altura de lo que es realmente, es decir, un vulgar y rufián patán.

El día después de la salida de Trump de la Casa Blanca la derecha norteamericana, o sea los republicanos, deben de buscar un liderazgo sensato, racional, integrador y capaz de servir de catalizador a los anhelos de millones de norteamericanos que no se querían mirar en el espejo de un déspota arrogante y estúpido, amén de misógino y racista, por no decir otras cosas reseñables en el perfil de semejante ególatra. Quizá Marco Rubio, el joven senador por Florida brillante y dialogante, encaja en ese retrato robot y puede ser, en un futuro reciente, la gran esperanza republicana. De lo contrario, de enroscarse los republicanos en ese folletín reaccionario y parafascista  al estilo Trump, nunca volverán a ser alternativa de gobierno y se alistarán a la lista de los grandes perdedores de la historia. Hará falta una derecha más humana, moderna y conectada con los ciudadanos capaz de volver a conquistar el centro y convertirse en una opción realista de gobierno, abandonando para siempre esta etapa de delirio y decadencia que se cierra ahora con la marcha de Trump. Hasta siempre, Trump.